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 La ilustradora de Harry Potter no vuela, pero corre maratones

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Artemisa
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Frase : Artemisa pidió un arco y flechas, sabuesos de caza, un grupo de ninfas para que la acompañara, una falda corta para correr más cómoda, las montañas, los ríos y los bosques como sus dominios particulares y castidad eterna.
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MensajeTema: La ilustradora de Harry Potter no vuela, pero corre maratones   Dom Ago 07, 2011 10:33 am

La ilustradora de Harry Potter no vuela, pero corre maratones

07/08/11

Además de gran dibujante, corrió en el Sahara, en Mongolia y en el Himalaya.

Por Pablo Perantuono

Es marzo de 1994 y una anciana viaja en un tren que une Nueva York con Providence. Una chica argentina se sube y observa el vagón: solo queda un asiento libre, al lado de la abuela. La joven es ilustradora y vive en Estados Unidos, pero su visa está a punto de vencer y teme volver: sospecha que yéndose su pequeña porción de sueño americano puede desmantelarse. La chica, que lleva sus dibujos con ella, se sienta. No bien lo hace, comienza a sentir una necesidad urgente de entablar un diálogo con la mujer.

Es un sentimiento inexplicable, un mandato metafísico.

¿Por qué será?, se pregunta. ¿Por qué esta señora, por qué este tren, por qué ahora? ¿Será que esa señora que la ignora por completo, que mira por la ventanilla, hundida en alguna habitación de su galaxia, guarda una respuesta que la tranquilice? La chica le pregunta: –Discúlpeme, ¿le interesa ver mis dibujos? –No particularmente.

Hay un silencio que a Dolores Avendaño (Buenos Aires, 1968) le parece eterno, y que se corta cuando, sin demasiado énfasis, la anciana agrega: “Bueno, si te hace bien, mostrame”.

Se inicia entonces una conversación de 3 horas. Cuando termina, la vida de Dolores cambia para siempre. La mujer se llama Anna Grun y 50 años antes se había subido a otro tren: uno que iba a Auschwitz, del que se tiró andando y escapó con su hermana, de quien debió separarse. Tiempo después, todavía en guerra, se empleó en una fábrica cuyo propietario se llamaba Oskar Schindler. Anna fue uno de los más de 800 judíos que sobrevivieron al Holocausto gracias al empresario. En la lista aparece con el apellido de soltera.

Anna se casó, se fue a vivir a América, consiguió un trabajo. Le cuenta todo eso a Dolores: le cuenta que tiene hijos, nietos, una familia. Están en la estación, el viaje terminó, la charla sigue. Dolores, perpleja, duda: “¿Cómo le digo, con semejante historia detrás, que mi miedo es regresar a mi país? Pero se lo pregunta. Anna la mira fijo: son ojos que han visto pasar la Historia por delante. “No te preocupes, las cosas van a suceder, sólo animate”.

“Mi problema es que soy muy soñadora”, dice Dolores. Entonces Anna se pone seria por primera vez y responde seca: “Nunca dejes de soñar”.

Cualquier destino, decía Borges, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que un hombre sabe para siempre quién es. Para Dolores ese momento fue esa tarde de Providence de 1994. “Ese encuentro me marcó para siempre. Anna fue muy importante para mí”, dice Dolores delante de algunos de sus cuadros que se exhiben en Espacio Norton.

Dolores había ido a estudiar a la Rhode Island School of Design, un prestigioso instituto de arte. La carrera dura cuatro años pero ella la hizo en dos y medio. A los tres meses de llegar, dos profesores le sugirieron que abandonara, le dijeron que no tenía el talento necesario. Ella se quedó: tenía un sueño.

Se encerró a crear, a pintar de blanco su destino.

Aquella experiencia en la escuela fue transformadora. Más que a dibujar, le enseñaron a buscar su propia voz. Dolores la encontró.

Cuando terminó la facultad, con un año y medio de visa por delante, con la chance de seguir sumergida en ese ambiente inspirador, se enfocó en encontrar trabajo. Rastrilló contactos, agendas, batalló contra la desconfianza. Quería vivir de dibujar ahí, en la meca. Una ex profesora le deslizó un dato: una editorial de Manhattan buscaba ilustradora para un libro infantil. Se tomó un tren, caminó por la 5° Avenida y subió a un rascacielo. La tomaron: estaba en la cima del mundo.

Un año y medio después fue el encuentro con Anna. Se dejó llevar, o sea, regresó a su país. Tenía ya los contactos hechos y, uno de ellos, le comentó que Emecé estaba entrevistando dibujantes para un trabajo. Se trataba de ilustrar el viaje de dos hombres por América a caballo. Lo hizo. Al tiempo, esa misma editorial le encargó unos dibujos sobre un mago.

“Es un libro perfecto para mí”, pensó. Era Harry Potter. Fue su Mona Lisa. Desde entonces, es la ilustradora oficial de la saga.

Orillaba los 30 y, para entonces, comenzó a rumiar otra obsesión: correr. “Es ahora o nunca”, pensó. Y se largó a hacerlo.

Correr puede ser escapar, pero también perseguir: dependerá si atrás hay un dolor o adelante un sueño. En el caso de ella, adelante estaba la maratón de Nueva York. Viviendo allá, siempre le pareció excitante atravesar esa experiencia. Se entrenó, se tomó el avión, la corrió. La carrera colmó sus expectativas, pero la incentivó a ir por más. Mientras seguía dibujando, mientras Harry Potter I le daba paso al II y éste al III, su entrenador le habló de una maratón que cruzaba el Sahara.

Desde los tiempos en que leía El Principito, fantaseaba con recorrer horizontes abismales, esos lugares a los que no llega el progreso –no es necesario- y el hombre queda solo ante Dios.

Se anotó. Fueron 243 kilómetros en 7 días, a temperaturas que trepaban los 50°. Una amiga le dijo: “Hacete amiga del desierto, no corras contra él, sino con él”. Eso hizo y terminó 14° entre 70 mujeres. Es la única argentina que la corrió.

Tras aquella prueba, y mientras Harry Potter se convertía en un fenómeno de masas, Dolores se inscribió en otra maratón, la del Himalaya, al norte de India y cerca de Nepal, una aventura colosal a 4 mil metros, oscilando por pliegues ancestrales y llevando al extremo la capacidad de resistencia humana. Dolores la ganó: corrió 100 millas durante 5 días por las estribaciones de ese monstruo de roca. Ganar la impulsó a seguir y entonces se anotó en otra competencia extrema: los 100 kilómetros de Mongolia, al norte de ese país, donde la naturaleza dialoga con la creación, lejos del mundo, cerca de algún siglo. En carrera, tuvo momentos de zozobra y casi abandona, pero de solo imaginarlo (el rescate lo hace un mongol a caballo) juntó fuerzas para seguir. La carrera duraba un solo día, desde el amanecer hasta el atardecer sobre un parque nacional. También la ganó.

“Correr me complementa, en un trabajo tan solitario como el mío, correr me acerca a la gente”.

Ahora, en Buenos Aires, enfatiza lo que dice abriendo bien los ojos y levantando las cejas: destila un entusiasmo compulsivo.

¿Qué cosas te inspiran? Anna, la señora del tren, fue una gran inspiración para mí. También mi madre. Recuerdo que en nuestras vacaciones en el Sur, cuando las copas de los árboles se movían y hacían ruido, nos decía que era un hada que estaba abriendo una ventana.

la nota acá:

http://www.clarin.com/sociedad/ilustradora-Harry-Potter-vuela-maratones_0_531546928.html

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