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 Feria del Libro

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Amberyl
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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Mar Mayo 10, 2011 9:36 pm

Marais escribió:
che, que yo tengo varios paperback, y encanutados desde hace tiempo...

...no sé si son tan descartables grinnbruja

igual sé a lo que se refieren, y sí, para una novelita del momento no hace falta papel...

doki

lo único que me molesta un poco es el tema, no del ebook digital en sí, sino eso de andar renovando aparatos a todo momento... tipo sale el Nook1, y a los dos meses el Nook color, y a los cinco el Nook con mp3... Rolleyes

pero bueno, seguiré aguantando con la palm! metal Laughing
Yo también tengo libros de bolsillo o paperback, pero a lo que se refería Logan con que son descartables es cierto. Les es más económico a los libreros de EEUU arrancar las tapas de los libros de bolsillo y enviárselas a la editorial por correo para que sepan cuáles libros no se vendieron, que pagar un flete y devolver los libros enteros.
Acá y en muchos países que no son del primer mundo, los libros de bolsillo no son tratados de esa manera, sino como libros comúnes, por decirlo de alguna manera.
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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Mar Mayo 10, 2011 9:37 pm

Logan escribió:

Los lectores genericos leen casi todos los formatos. Solo lo de marcas especificas se limitan a un solo formato como el kindle de amazon o el de barnes and nobles.
Entonces un lector genérico iría.
La tinta color para leer libros en principio no es necesaria. Salvo a futuro, que los libros vengan con cosas interactivas o fotos, pero para pasar lo que ya hay en papel, al menos para la mayoría de los libros no es necesaria!

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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Miér Mayo 11, 2011 2:20 pm

A pedido de Logan. doki

Mike Shatzkin: Los libros electrónicos reviven la historia de los libros de bolsillo
La revolución del libro electrónico está empezando a parecerse mucho a la de los libros de bolsillo para el mercado de masas.

La publicación de libros de bolsillo en realidad fue «inventada» por Sir Allan Lane cuando creó Penguin en Gran Bretaña antes de la Segunda Guerra Mundial. (Wikipedia la atribuye a un editor alemán, que publicó los primeros libros de bolsillo económicos unos años después, pero fue ciertamente Lane el primero en hacerlo en inglés, y merece un especial reconocimiento, ya que la compañía que puso en marcha continúa dedicándose a lo mismo hasta el día de hoy.) Pocket Books, en los EE. UU., también nació justo antes de la guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, el historiador y erudito Philip van Doren Stern (que escribió, entre otras cosas, el cuento del New Yorker en que se basó el clásico ¡Qué bello es vivir!) llevó a cabo un proyecto para el ejército de EE. UU. gracias al cual se puso al alcance de las tropas libros de bolsillo económicos.

Cuando la guerra terminó, la publicación para el mercado de masas creció mucho. Muchas editoriales –Ballantine, Bantam, Signet, Avon– comenzaron su actividad al año siguiente. La clave del mercado de masas era que practicaba su distribución mediante la red de mayoristas que colocaba las revistas en los quioscos y en las pequeñas tiendas (con frecuencia, farmacias) en todo EE. UU. A diferencia de los libros para librerías, que requerían un acuerdo entre el editor y el librero para situar cualquier libro en una tienda al por menor, los mercados de masas fueron «adjudicados» por el editor al mayorista y, a su vez, distribuidos por el mayorista a los puntos de venta que controlaba.

La ventaja de esta técnica de distribución era que permitía que montones de copias fueran distribuidas a montones de lugares con mucho menores costes de distribución. La desventaja consistía en que en realidad solo funcionaba si los libros eran tratados como revistas, con «fechas de puesta a la venta» cuando se publicaban y «fechas de retorno» cuando se devolvían y, como con las revistas, las tripas se despulpaban y solo se aceptaba la devolución de las cubiertas.

Los libros de bolsillo solían venderse a 25 céntimos cuando los libros de tapa dura costaban entre 2 y 3 USD. (Esta proporción de 8:1 o de 12:1 no tiene punto de comparación con la que existe hoy en día.) Además, los mercados de masas estaban disponibles en decenas de miles de ubicaciones, por todo EE. UU., quizá en más de cien mil, en tanto que las librerías eran pocas, los centros comerciales solían tener solo un puesto para libros y los libros para librerías (trade books) por lo general estaban disponibles solo en unos pocos cientos de ubicaciones, o como mucho un par de miles.

La mucho mayor disponibilidad de estos títulos, en combinación con sus precios mucho menores, creó legiones de nuevos lectores. Al principio, la mayoría de títulos para el mercado de masas solían encajar en «géneros». Los westerns fueron uno muy importante hace cincuenta años. El incombustible autor de westerns superventas de Bantam, Louis L`Amour, puede que siga siendo el autor más exitoso en ventas por unidad en la historia de (lo que hoy es) Random House. Las colecciones de novela negra y ciencia ficción también fueron populares, pues eran libros muy atractivos. No estoy seguro de que existieran colecciones de novela rosa de la manera en que existen ahora (aunque estoy seguro de que entre los lectores de este blog hay gente que me dará la respuesta); en aquel tiempo había montones de revistas que difundían historias románticas (así como de otros géneros).

Si esto les suena conocido a los observadores de la transición al libro electrónico que no conocían la historia de los libros de bolsillo, esa era exactamente mi intención. Veamos si lo siguiente también les suena familiar.

Los editores de libros de tapa dura se sentían muy superiores a los editores de libros de bolsillo. Con el tiempo, sucedió que los vendedores del mercado de masas se volvieron capaces de crear enormes beneficios adicionales de libros anteriormente publicados en tapa dura. (Esto exigió que los editores para mercados de masas mantuvieran algunos títulos a la venta por más tiempo de lo normal, lo cual no era sencillo, pero valía la pena para los libros que se vendían verdaderamente bien).

El reconocimiento de los títulos de los libros exitosos, junto con la posibilidad de añadir palabras que dijeran «gran superventas» en la cubierta, se traducía en enormes ventas, dados los precios mucho menores y la mucho mayor distribución que podía alcanzar el mercado de masas. Con el tiempo, esto condujo a la rápida alza de los pagos de derechos para la publicación en bolsillo de los editores de libros de bolsillo a los editores de libros en tapa dura. Estos derechos, por tradición, se compartían al 50% con los autores, y permitieron una sustancial, aunque momentánea, bonanza para los editores de libros para librerías en los años cincuenta, sesenta y setenta.

Pero el nuevo mercado también contribuyó al crecimiento de los autores de género cuyo público lector era consumidor de libros de bolsillo económicos. Con frecuencia era difícil que estos autores «escalaran» a publicaciones en tapa dura de mayor precio. Su público lector no quería pagar el sobreprecio, pero tampoco compraba necesariamente en las librerías y tiendas de libros donde estos libros se encontraban: estaba acostumbrado a comprar sus libros en quioscos y farmacias.

Cuando, de niño, a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, me mudé de los suburbios a Nueva York por primera vez, había un repertorio fantástico de libros de bolsillo en una farmacia que ocupaba en el edificio Grand Central, en la esquina de la 42 y la Vanderbilt. Encontré una serie de biografías de jugadores de béisbol que publicaba la Sport Magazine. Recuerdo un libro sobre 1001 cosas que podían conseguirse gratis con solo solicitarlas por carta. Por supuesto, podían encontrarse todos los clásicos de dominio público. Recuerdo comprar basura extraordinaria, como I Sell Love y un libro sobre una azafata cuyo título ahora se me escapa pero que era una lectura deliciosamente pícara para un joven pubescente.

Más tarde, en el verano de 1962, cuando tenía 15 años, trabajé 2 meses en la muy elegante Brentano´s Bookstore, en la esquina de la Quinta y la 47. Mi trabajo tenía lugar en el sótano, en el flamante, apenas inaugurado, departamento de libros de bolsillo. El centro del sótano contenía libros de bolsillo «para librería», en su mayoría académicos, situados en las estanterías. Los libros para el mercado de masas estaban en estantes ordenados por editorial, ya que los representantes de las editoriales los actualizaban cada semana. La Scribners Bookstore, en la acera de enfrente, no se dignó a ofrecer libros de bolsillo todavía durante algunos años.

Mi padre, Leonard Shatzkin, me contó una vez una historia sobre la legendaria colección Anchor, de Jason Epstein, en Doubleday (quizá la primera colección de libros de bolsillo de calidad, para librerías, y casi con seguridad la primera colección de estas características producida por una editorial consolidada). Las responsabilidades de mi padre como Director de Investigación se extendían al área comercial y él se encargaba de las conferencias de ventas. En una de estas conferencias, cuando Anchor Books (y Jason) eran muy jóvenes, mi padre me contó que Sid Gross, el jefe comercial de Doubleday Book Stores, despotricaba contra la mera idea de libros de bolsillo baratos. Los odiaba. Desde su punto de vista, ¡era perjudicial para un minorista vender productos de 25 céntimos en vez de productos de 3 USD! En aquel entonces, muchos otros libreros veían las cosas del mismo modo.

La reacción de mi padre, bastante típica en él, fue apoyar el punto de vista contrario y revolucionario. Dio un empuje a los representantes para hacer de Anchor Books un éxito y, pocos años después, cuando Epstein se había pasado a Random House, mi padre creó la colección Dolphin Books, de libros de bolsillo de calidad, para complementar la de Anchor, cuya selección de títulos era bastante intelectual, con títulos de dominio público y otros actuales y más populares.

El esnobismo «antibolsillo» estaba muy extendido y la separación entre publicación para librerías y para el mercado de masas perduró por largo tiempo. Por al menos un par de décadas, las editoriales de libros de bolsillo no hicieron libros en tapa dura y no intentaron colocar sus títulos directamente en las librerías (como las librería empezaron a trabajar con títulos para mercados de masas, al principio, los compraban de los mayoristas de sus pesadillas) y los editores de libros para librerías no intentaron acceder al sistema de distribución para mercados de masas. Esto cambió en los años setenta. Primero, Peter Mayer y Bill Shinker encabezaron el uso de técnicas de mercados de masas para libros de bolsillo para librerías de gran extensión publicados por una editorial para mercados de masas (Avon). Unos años después, Bantam empezó a publicar libros en tapa dura con distribución masiva.

Al final, la distribución para mercados de masas quedó desmantelada por una serie de factores. Los minoristas más capaces empezaron a comprar directamente de las editoriales en lugar de a través de los mayoristas locales. El número de títulos creció tanto que los métodos de «adjudicación» dejaron de servir: había demasiadas editoriales y demasiados títulos para un número menor de libros de bolsillo que gestionar, así que se hizo necesario un método de negociación más costoso.

Estos patrones se están repitiendo ahora con los libros electrónicos, económicos y ampliamente disponibles. Están apareciendo muchos nuevos autores. La literatura de ficción es la que mejor funciona. Los libros que fueron exitosos anteriormente en formatos más caros ahora pueden encontrar nuevos lectores, puesto que sus precios bajan y ahora están presentes donde los consumidores están comprando. Asimismo, los editores tradicionales están seguros de que su «calidad» los protege de la competencia de perfil bajo, incluso aunque esa competencia esté embolsándose millones de dólares e incontables horas de la cuota de conciencia (mindshare) de los consumidores.

Pero he aquí cómo terminó aquella vieja historia. En general, los editores para mercados de masas vencieron. Penguin compró Viking. Bantam compró Doubleday y luego Random House. Simon & Schuster sobrevivió largo tiempo debido a que se fusionó desde muy pronto con Pocket Books. Lo que ahora es Hachette se conoce ampliamente como Little; Brown, que era una editorial de libros de tapa dura, en realidad se desarrolló durante las últimas dos décadas del siglo XX como Warner Books, una editorial para los mercados de masas. En realidad, de los actuales Seis Grandes, solo HarperCollins y Macmillan son descendientes de los editores de libros para librerías que dominaban la escena cuando surgió la publicación para el mercado de masas.

Hay unas cuantas diferencias entre las transiciones; la publicación de libros electrónicos tiene que lidiar con un exceso de títulos, igual que lo hizo el mercado de masas, pero los retos no son los mismos cuando no se tiene que fabricar y distribuir libros impresos y tu distribuidor no está limitado por el espacio de los almacenes, las estanterías o los escaparates. Además, en tiempos del mercado de masas, los autores no tenían la oportunidad de no depender de una editorial. Con todo, hay una lección muy básica que creo que será mejor que los editores aprendan de esta historia.

Unas ediciones mucho menos costosas, en combinación con el acceso a un público lector para autores que no podían pasar de la puerta de las editoriales consolidadas, podrían crear millones de nuevos lectores que no eran accesibles para los productores tradiciones a los precios tradicionales.

Y eso podría generar un poder económico que termine devorando grandes porciones del sistema editorial tradicional.

Hace más de seis meses publiqué que había leído mi primer libro electrónico autopublicado, una historia de los Mets de Nueva York de 1962 llamada A Year in Mudville. Posteriormente tuve un intercambio de opiniones con Joe Konrath, que solía publicar con editoriales de Nueva York pero que ahora le está resultando mucho más lucrativo hacerlo por sí mismo, y con un lector de nombre Chris. Me instaron a leer un superventas electrónico autopublicado, Wish List, de John Locke. Fue fantástico: una especie de mezcla entre el autor superventas contemporáneo Carl Hiasen y una reliquia de los primeros días del mercado de masas, Jim Thompson, un libro atrevido, ácido y divertido, con personajes que te caen bien y de repente hacen cosas escandalosamente antisociales. Locke, al parecer, ha aparecido de repente, solo con la ayuda de su talento, y está vendiendo toneladas de libros electrónicos. (¡Seguro que me vende uno o dos más!) No me fijo mucho en el precio a la hora de leer y nunca he comprado libros de remate, pero Locke es, a buen seguro, prueba suficiente de que hay material del mismo valor que el de cualquiera de las grandes editoriales que venden sus productos a precios varias veces mayores. Será interesante ver si alguna editorial importante puede proporcionar a los libros suficiente valor añadido para que Locke o Amanda Hocking, otra escritora que ha encontrado un enorme mercado sin ayuda alguna del sistema, hagan un trato con ellos.

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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Miér Mayo 11, 2011 2:29 pm

Otro aporte de Logan. Laughing

Kevin Kelly: Cómo serán los libros en el futuro

Hace unos meses publicamos nuestra primera traducción, el artículo de Mike Shatzkin Los libros electrónicos reviven la historia de los libros de bolsillo. Ese post obtuvo una notable repercusión y nos ha parecido interesante seguir contribuyendo a la comunidad editorial con traducciones de artículos que consideramos relevantes o sugerentes para el momento de cambio que vivimos (gracias, desde luego, a la inestimable ayuda de nuestro amigo y traductor Jose Antonio de la Riva).

Esta semana os presentamos la traducción del artículo What Books Will Become escrito y publicado por el fundador de la revista Wired, Kevin Kelly, en su blog. Más allá de que podamos estar más o menos de acuerdo con la visión del futuro libresco que él pronostica lo cierto es que la idea de unos libros conectados y de un metalibro que es la biblioteca universal resulta además de posible muy enriquecedor como campo para reflexionar. Por otro lado, nosotros no estamos muy convencidos de que en 10 o 20 años ya no se pagarán por libros individuales y de que todo serán servicios de suscripción (aunque desde luego es una opción muy factible) pero si creemos que él tiene razón al comenzar su reflexión cuestionando el significado “libro” puesto que esta nueva definición es lo que es lo que condicionará lo que será la edición y el mercado editorial en los próximos años.


Cómo serán los libros en el futuro

Un libro es una historia, un razonamiento o un conjunto de conocimientos organizado que es autosuficiente y cuya lectura toma más de una hora. Está completo por cuanto contiene su propio comienzo, desarrollo y final.

En el pasado, un libro se definía como cualquier texto impreso entre dos tapas. Se llamaba libro a una guía telefónica (phone book), aunque no tuviera un comienzo, desarrollo y final lógicos. Se llamaba libro de dibujo a un montón de páginas en blanco pegadas a un lomo (sketchbook). Era un objeto desvergonzadamente vacío, pero tenía dos tapas, así que también se llamaba libro.

Hoy en día, las páginas de papel de los libros están en proceso de desaparición. Lo que queda en su lugar es la estructura conceptual de un libro: un cierto volumen de texto que une un tema con una experiencia que toma un tiempo en completarse.

Ya que el caparazón tradicional está desvaneciéndose, cabe preguntarse si su estructura es un mero fósil. ¿El continente intangible de un libro proporciona alguna ventaja sobre las otras muchas formas en que actualmente un texto se encuentra disponible?

Uno puede pasarse horas leyendo historias e informes bien escritos, y divagando por la Web, sin toparse con nada con forma de libro. Uno capta fragmentos, hilos, atisbos. Y esa es la mayor atracción de la Web: piezas diversas escasamente articuladas.

Por supuesto que hay libros en la Web, y a montones. Yo mismo colgué, en 1994, uno de los primeros libros completos publicados en línea. Pero puesto que uno no cruza frontera alguna para acceder a estas páginas, el material libresco tiende a disolverse en una maraña indiferenciada de palabras. Sin un continente, la atención del lector tiende a dispersarse, apartándose de la historia o razonamiento centrales. La velocidad del cambio de la atención crea una fuerza centrífuga que arroja a los lectores fuera de las páginas del libro.

Un dispositivo de lectura separado parece ayudar. Hasta el momento, contamos con tabletas , lectores de libros electrónicos y dispositivos palmares o de mano, que son de lo más sorprendente. Los expertos han sostenido durante mucho tiempo que nadie querría leer un libro en una minúscula pantalla brillante de unas pocas pulgadas, pero estaban totalmente equivocados. Mucha gente lee feliz de la vida sus libros en las pantallas de sus móviles. De hecho, no sabemos todavía hasta qué punto puede reducirse una pantalla para la lectura de libros. Hay un tipo experimental de lectura que utiliza una pantalla en la que solo cabe una palabra. El ojo permanece inmóvil, fijo en una palabra, que es remplazada por la siguiente en el texto, y después la siguiente, y así sucesivamente, de modo que el ojo lee una secuencia de palabras una «detrás» de la otra, en vez de en una línea sobre otra línea. La pantalla no necesita ser muy grande.

Otras nuevas pantallas son capaces de dar cabida a los libros. En estos momentos, la tinta electrónica reflejante está subvirtiendo el viejo mundo editorial. Esta tecnología consiste en una hoja de papel blanco que refleja la luz ambiente y que se encuentra cubierta de letras oscuras que pueden cambiar. Para el ojo promedio, el texto en este «papel» especial (que en realidad es un folio plástico) se ve tan definido y legible como la tinta tradicional sobre el papel. La primera generación de esta tinta electrónica en blanco y negro ha hecho del Kindle un superventas desbocado.

En esta sustanciación de la tinta electrónica, el «libro» es una tableta, una tablilla que muestra una sola página, que puede «pasarse» apretando un botón, de tal suerte que esa página se disuelve en otra. Un factor clave de los libros en tinta electrónica es que el cuerpo de la letra puede ajustarse individualmente. ¿Quieres un cuerpo mayor? Simplemente ajústalo y el libro entero se reacomodará en la forma deseada.

Una página de tinta electrónica puede ser de tamaño bolsillo, o puede ser mayor; el Kindle ya viene en dos tamaños. Cuando el uso se consolide, es posible que veamos libros electrónicos que vienen con una recomendación como esta: «Este libro se lee mejor en una tableta de tamaño 3». Probablemente tendrás más de un lector de tamaño 3. Tu favorito puede que esté tapizado en una suave piel desgastada, acostumbrada a tu propio tacto. El lector recomendado para una revista de arte como Wired puede que sea bastante más grande. Quizá descanse siempre sobre tu mesa de centro.

Pero no hay razón para que un libro electrónico sea una tableta. Con el tiempo, el papel de tinta electrónica se fabricará en económicos folios flexibles. Podría unirse un centenar de estos folios en un fajo, añadirles un lomo y ponerlos entre dos hermosas tapas. Ahora el libro electrónico se parece mucho a un libro de antaño. Uno puede físicamente pasar sus páginas, ir de un lado a otro del libro en 3D, regresar a un punto del libro adivinando dónde estaba el marcador. Para cambiar de libro, solo hace falta dar un golpecito al lomo. Ahora las mismas páginas muestran una obra distinta. Puesto que usar un libro en 3D es tan sensorial, puede que valga la pena comprar uno muy lujoso, con los folios más finos y satinados.

En lo que a mí respecta, prefiero las páginas de gran formato. Quisiera un lector de libros electrónicos capaz de desplegarse, como un origami, en un folio al menos tan grande como un periódico actual, y que quizá tenga el mismo número de páginas. No me molestaría emplear unos minutos en replegarlo en un paquete de bolsillo cuando haya terminado de leer. Me encanta ser capaz de repasar múltiples columnas y saltar de un titular a otro sobre la superficie. El Laboratorio de Medios de MIT y otros laboratorios de investigación están experimentando con prototipos de libros que se proyectan por láser desde un dispositivo portátil sobre cualquier superficie plana cercana. La pantalla, o la página puede ser cualquier cosa que esté a mano.

La pantalla que miramos puede mirarnos al mismo tiempo. Los diminutos ojos que contiene tu tableta, la cámara que te enfoca, puede leer tu rostro. Ya existen programas capaces de leer la expresión y de reconocer tu humor, de detectar si estás prestando atención, y, lo que es más importante, a qué lugar de la pantalla diriges dicha atención. Pueden descubrir si un pasaje te confunde, o te encanta, o te aburre. Eso significa que el texto puede adaptarse a cómo es percibido. Quizá se expanda para brindar mayor detalle, o se encoja durante la lectura veloz, o cambie el vocabulario cuando te cueste entender, o reaccione en un centenar de formas posibles. Hay numerosos experimentos que incorporan texto adaptativo. Uno de ellos te brindará diferentes resúmenes de los personajes y la trama dependiendo de cuán lejos hayas llegado en la lectura.

Esta flexibilidad trae a la mente la largamente esperada pero nunca realizada fantasía de bifurcar las historias, libros con múltiples finales o líneas argumentales alternativas. Los intentos anteriores de hacer hiperliteratura han fracasado entre los lectores, que parecían poco interesados en decidir la trama: querían que el autor la resolviera. Pero en los últimos años las historias complejas con caminos alternos han sido tremendamente exitosas en los videojuegos. (Y, por cierto, en muchos juegos es necesario leer una gran cantidad de texto). Algunas de las técnicas que abrieron el camino a la domesticación de la complejidad de historias conducidas por el usuario podrían migrar a los libros.

En particular, a los libros con imágenes móviles. Todavía no tenemos una palabra para esto. Los libros con montones de imágenes estáticas los llamamos libros ilustrados, o libros de mesa, o libros de arte. Pero no hay razón para que las imágenes de los libros digitales permanezcan estáticas. Tampoco hay razón para pensar que se trata de películas. En una pantalla podemos conjuntar texto e imágenes cinéticas, en una relación de mutua información, con texto dentro de las imágenes en movimiento así como imágenes dentro del texto. Algunos bosquejos interactivos producidos por el New York Times y el Washington Post son los que más se han acercado a este matrimonio entre la palabra y el movimiento.

El híbrido de películas y libros requerirá un completo conjunto de herramientas con el que ahora mismo no contamos. Actualmente es difícil leer imágenes móviles, o analizar una película, o hacer anotaciones en un cuadro de una película. Sería ideal poder manipular las imágenes cinéticas con la misma facilidad, soltura y posibilidades con que manipulamos el texto: indizándolo, anotándolo, cortándolo y pegándolo, resumiéndolo, citándolo, vinculándolo y parafraseando su contenido. En la medida en que descubramos estas herramientas (y habilidades), crearemos una clase de libros altamente visuales, ideales para la formación y la educación, que podamos estudiar, rebobinar y estudiar otra vez. Serán libros que podamos ver o televisión que podamos leer.

Cuando una tablilla puede abrirse en dos como un libro y un libro puede ser algo que vemos como si fuera televisión, tenemos que regresar a la pregunta de qué constituye un libro y qué le pasa una vez que ha nacido en formato digital.

El efecto inmediato de los libros surgidos en formato digital es que pueden fluir de pantalla en pantalla, en cualquier momento. El libro aparecerá cuando se lo llame. La necesidad de comprar o almacenar un libro antes de leerlo ha desaparecido. Un libro es menos un artefacto y más una corriente que fluye hacia tu campo visual.

Los actuales custodios de los libros electrónicos –Amazon, Google y las editoriales– se han puesto de acuerdo para mutilar la fluidez de los libros electrónicos al impedir que los lectores copien y peguen el texto con facilidad, o que copien grandes secciones de un libro, o manipulen significativamente el texto de cualquier otra manera. Pero con el tiempo el texto de los libros electrónicos será liberado, y florecerá su verdadera naturaleza. Nos daremos cuenta de que los libros nunca quisieron ser directorios telefónicos ni catálogos de hardware ni listas gargantuescas. Estos son trabajos que las páginas web hacen mucho mejor: toda esa actualización y búsqueda, tareas para las que el papel no es apropiado. Lo que los libros siempre desearon es ser anotados, marcados, subrayados, ver sus esquinas dobladas, ser resumidos, citados, hipervinculados, compartidos, y que se dialogue con ellos. Ser digitales les permite todo eso y mucho más.

Podemos apreciar los primeros atisbos de la recientemente encontrada libertad de los libros en los últimos modelos de Kindle. Mientras leo un libro, puedo (con alguna dificultad) resaltar un pasaje que quisiera recordar. Puedo extraer el texto destacado y releer mi selección de las partes más importantes o memorables. Y, lo que es más significativo, –con mi permiso– mis textos destacados pueden compartirse con otros lectores, y yo puedo leer los suyos. Incluso puedo filtrar los textos destacados más populares de todos los lectores, y de esta manera empezar a leer un libro de una nueva manera. También puedo leer los textos destacados de un amigo, de un académico o un crítico concretos. Esto proporciona al público lector un mayor acceso a los valiosos comentarios al margen de la atenta lectura de otro autor de un libro de terminado (con su permiso), una bendición que solo los coleccionistas de libros raros habían conocido.

La lectura se vuelve más social. Podemos compartir no solo los títulos de los libros que estamos leyendo, sino nuestras reacciones y las notas que hacemos mientras leemos. Hoy podemos resaltar un pasaje; mañana seremos capaces de vincular pasajes. Podremos añadir un vínculo de una frase del libro que estamos leyendo a una frase que se contrapone en otro libro que hemos leído, de una palabra en un pasaje a un diccionario desconocido, de una escena de un libro a una escena similar en una película. (Todos estos trucos requerirán herramientas para encontrar los pasajes relevantes). Quizá podamos suscribirnos a la sindicación de contenidos de alguien que respetamos, y así conseguiremos no solo su lista de lecturas sino sus notas al margen: textos destacados, apuntes, preguntas, divagaciones.

Las discusiones inteligentes propias de los clubes de lectura, como las que ahora tienen lugar en GoodReads, podrían seguir al libro mismo y verse sumamente unidas a él mediante hipervínculos. Así pues, cuando una persona cite un determinado pasaje, un vínculo doble conectará el comentario con el pasaje y el pasaje con el comentario. Incluso una buena obra menor podría acumular un conjunto de wikicomentarios críticos estrechamente unidos al texto real.

En efecto, una profusa hipervinculación entre los libros conseguiría que cada libro fuera un acontecimiento interconectado. Ahora mismo lo mejor que un libro puede hacer es vincularse al título de otro libro. Si otra obra se menciona de pasada o en la bibliografía, un libro electrónico puede vincularse activamente con el libro entero. Mucho mejor sería un vínculo a un pasaje específico de otra obra, una proeza técnica todavía imposible. Pero cuando podamos crear amplios vínculos en los documentos, hacer que cada oración esté enlazada, y esos vínculos sean bidireccionales, tendremos libros interconectados. En esto, por cierto, consistía la visión original de Ted Nelson del «docuverso». (También ideó un sistema de micropago y crédito para una economía literaria completa).

Podéis haceros una idea de cómo podría ser esto visitando la Wikipedia. Pensad en la Wikipedia como un libro muy grande –una sola enciclopedia–, lo que por supuesto es. La mayoría de sus 27 millones de páginas están abarrotadas de palabras resaltadas en azul, lo cual indica que esas palabras están hipervinculadas con conceptos en otro lugar de la enciclopedia. Wikipedia es el primer libro interconectado. Si Dios quiere y los libros en su totalidad pasan a ser completamente digitales, cada uno de ellos incluirá un número de pasajes resaltados en azul, pues cada referencia literaria estará interconectada en ese libro y en todos los demás libros. Esta hipervinculación profunda imbricará todos los libros interconectados en un enorme metalibro: la biblioteca universal. Durante el próximo siglo, los académicos y aficionados, asistidos por algoritmos computacionales, entretejerán los libros del mundo en una sola literatura interconectada. Un lector será capaz de generar una gráfica de una idea, o una línea de tiempo de un concepto, o un mapa interconectado de influencia para cualquier noción de la biblioteca. Llegaremos a entender que ninguna obra, ninguna idea está sola, y que todas las cosas buenas, verdaderas y bonitas son redes, ecosistemas de partes entrelazadas, entidades relacionadas y obras similares.

La Wikipedia es un libro no solamente leído socialmente, sino socialmente escrito, y es famosa por ello. Sigue sin estar claro el número de libros que se escribirán colectivamente. Es evidente que muchas obras científicas y técnicas se construirán por medio de la colaboración descentralizada, por mor de la naturaleza profundamente colaboradora de la ciencia. Pero el núcleo central de la mayoría de libros probablemente siga siendo su único y solitario autor. Sin embargo, las referencias interconectadas, las discusiones, las críticas, la bibliografía y los hipervínculos auxiliares que rodean al libro probablemente sean colaboraciones. Los libros desprovistos de esta interconexión se percibirán desnudos.

La biblioteca universal completa, todos los libros en todas las lenguas, pronto estará disponible en todas las pantallas. Habrá muchas maneras de acceder a un libro, pero para la mayoría de gente la mayor parte del tiempo, cada libro particular será básicamente gratuito. (Se pagará una cuota mensual por un acceso libre). Entrar será fácil, pero encontrar un libro o hacer que este capte la atención será difícil, por lo que la importancia de la red del libro crecerá, pues es la red la que da entrada a los lectores.

Una peculiaridad de los libros interconectados es que nunca están terminados, o más bien que son flujos de palabras más que monumentos. La Wikipedia es un flujo constante de correcciones, como puede comprobar cualquiera que haya intentado hacer una cita de la misma. También los libros se están convirtiendo en textos fluidos, en tanto que los precursores de la obra se escriben en línea, se publican las primeras versiones, se realizan las correcciones, se añaden actualizaciones, se revisan las versiones aprobadas. Un libro está interconectado en el tiempo tanto como en el espacio.

¿Pero por qué molestarnos en llamar libros a estos objetos? Un libro interconectado, por definición, no tiene centro, solo bordes. ¿Sería posible que la unidad de la biblioteca universal llegue a ser la oración, o el párrafo, o el artículo, en lugar del libro? Quizá, aunque la unidad mayor posee una ventaja: una historia autosuficiente, una narración unificada y un razonamiento cerrado tienen para nosotros un atractivo especial. El libro posee una resonancia natural que atrae la red a su alrededor. Vamos a desmembrar los libros en sus piezas y trozos constituyentes, y a entrelazarlos en la Web, pero el nivel más alto de estructuración de un libro será la capacidad de atención, esa escasez residual de nuestra economía. Un libro es una unidad de atención. Un hecho puede ser interesante, una idea puede ser importante, pero solo una historia, un buen razonamiento, una narración bien engarzada es fascinante, capaz de ser inolvidable. Como dijo Muriel Rukeyser, «El universo está hecho de historias, no de átomos».

Por el momento, nos encontramos en un maremágnum, en pos del soporte adecuado para los libros digitales. Liberados de sus caparazones de papel, los libros parecen necesitar más que la abierta inmensidad de la Web. Les gusta la compacidad viral del PDF, pero no su rígido aspecto. El iPad es sensorial e íntimo (como el contenido de los libros) pero todavía se siente un tanto pesado. El Kindle tiene la ventaja de centrar la atención, lo cual se agradece. Estos dos últimos soportes cobran por su comodidad y su interfaz, lo cual da de comer a los autores. Los libros pueden aparecer en cualquier pantalla y se leerán en cualquier sitio donde sea posible, pero creo que gravitarán hacia formas que favorezcan una lectura optimizada.

A largo plazo (de aquí a 10 o 20 años) no pagaremos por libros individuales, de la misma forma en que ya no pagamos por canciones individuales o películas. Todo estará disponible por servicios de suscripción; uno solamente «tomará prestado» lo que desee. Esto neutraliza la actual ansiedad por producir un soporte para los libros electrónicos que puedan poseerse en propiedad. Los libros electrónicos no se tendrán en propiedad: se accederá a ellos. El verdadero desafío que tenemos por delante es encontrar un dispositivo que procure la atención que un libro requiere, un invento que nos lance al siguiente párrafo antes de la siguiente distracción. Me figuro que esto requerirá una combinación de iniciativas de software, de interfaces lectoras muy evolucionadas y de hardware optimizado para la lectura. Y libros escritos teniendo en cuenta estos dispositivos.

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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Miér Mayo 11, 2011 2:32 pm

lo tenes en resumido? Laughing

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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Miér Mayo 11, 2011 2:43 pm

Jajajaja. Sí, los libros digitales son lo más. Laughing
Después hago un resumen.
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Marais
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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Jue Mayo 12, 2011 8:55 am

Citación :
En particular, a los libros con imágenes móviles. Todavía no tenemos una palabra para esto.

The Daily Prophet Laughing

Citación :
Los actuales custodios de los libros electrónicos –Amazon, Google y las editoriales– se han puesto de acuerdo para mutilar la fluidez de los libros electrónicos al impedir que los lectores copien y peguen el texto con facilidad, o que copien grandes secciones de un libro, o manipulen significativamente el texto de cualquier otra manera.

ortivas heyman

Citación :
uno solamente «tomará prestado» lo que desee.

esas comillas lo dicen todo grinnbruja

muy lindos artículos... doki
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MensajeTema: Re: Feria del Libro   Hoy a las 3:36 am

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